Recuerdo
cuando era un crío y jugaba con mis amigos a policías y ladrones
por el barrio. Recuerdo que yo siempre insistía en ser el policía y
recuerdo también las ganas que tenía de ser mayor para poder
arrestar a los malvados e impartir justicia por el mundo, y todo esto
a raíz de la pregunta que le hice a mi padre un día que me llevó
al cine:
-Papá,
¿a dónde van los malos?
No
se qué tipo de curiosidad latiría en mi interior para hacerle esa
pregunta, tal vez proviniese de la película que acabábamos de ver,
un film de acción en el que el villano terminaba en un coche
patrulla. Mi padre era un hombre de grandes palabras, incluso para
dar lecciones a un niño pequeño. Se preparó la voz con una tos
velada y arrancó:
-Verás
hijo, hay lugares donde se reunen todos los malos de un lugar
determinado y son vigilados hasta que cumplen su castigo. Hay muchos
lugares como ese alrededor del mundo.
-¿Y
cómo se llaman esos sitios?
-Cárceles,
si eres bueno nunca tendrás que ir a una.
En
ese instante decidí dedicar mi vida a llevar a los asesinos, los
corruptos y en definitiva, cualquier malvado a su redil. Pero no se
si he debido ser muy bueno porque ahora estoy de camino a una
prisión, aunque por fortuna solo voy de visita.
-A
tu edad habrás visto unas cuantas cárceles, ¿verdad Byrne?- con el
paso de los días me he ido acomodando a la irrespetuosa actitud de
Blunt, incluso he llegado a encontrarle carismático a su extraña
manera.
-He
visto unas cuantas si- la verdad es que nunca he sido un especialista
en cárceles, siempre he sido más de limpiar la calle e investigar
papeleo. Tal vez me dejo ver en algún que otro interrogatorio, pero
este tipo de trato no es mi rol- aunque creo que tú no has visto
tantas como yo.
-¿Qué
más da el número de cárceles que haya visto si tú nunca has visto
una como esta?- Joe me regala una de sus sonrisitas pícaras mientras
aminora la velocidad del coche hasta detenerlo en el embarcadero de
la isla central- ¿Alguna vez has ido a una cárcel en submarino?
El
centro penitenciario de Baff City, una maravilla de la ingeniería
moderna, construida bajo el mar, entre la colosal infraestructura que
soporta el peso de las islas artificiales de la ciudad; es un
durísimo centro para cualquiera que tiene la mala suerte de ir allí.
La aclimatación a las condiciones submarinas puede llegar a ser un
infierno y no son pocos los presos que han caído entre sus paredes,
ahorrando al Estado unas cuantas penas de muerte. La disposición de
la cárcel agrupa a los criminales con delitos menores o de
peligrosidad reducida en los niveles más cercanos a la superficie,
mientras que los más peligrosos se pudren lo más hondo posible.
Como los pabellones están incomunicados los unos de los otros y para
moverse entre ellos hacen falta vehículos auxiliares, un motín a
gran escala es inviable, por no hablar de las bajas probabilidades
que tiene lo que baja allí encadenado de volver a subir, más que
una cárcel parece una exposición de darwinismo.
Hace
unas noches pillamos a dos pandillas de matones de barrio, bandas
formadas por vecinos para defender sus modos de vida, por muy
indefendibles que puedan llegar a ser. El caso es que algunos de
ellos tenían antecedentes y de los extraños, porque habían estado
involucrados en asuntos de envergadura muchísimo mayor y encontrar
eso en estos "pandilleros de guante blanco" es como
encontrar una aguja en un pajar. Ni que decir tiene que unos
renegados del crimen organizado no tenían mucho que hacer una vez
cazados y no han tardado más de unos días en empapelarlos.
En
concreto venimos visitar a uno que obligó a hacer varios disparos,
Carl Dubois, más conocido como "el forzudo", un sicario
francés de cuerpo ancho que era conocido por sus interrogatorios, en
los que desmembraba a sus víctimas solo con su fuerza. Estuvo unos
meses trabajando con la mafia, y Joe cree que puede estar vinculado a
los irlandeses, pero los abandonó para dedicarse a la construcción,
lo cual hace pensar que las familias están mandando infiltrados para
atraer a las pandillas a sus respectivos bandos, no es lo único que
he venido a averiguar.
Cada
pabellón tiene su propia sala para los interrogatorios, y el señor
Dubois se encuentra en el pabellón de máxima seguridad, así que
tenemos que descender a las profundidades. Una vez allí, comienzo a
notar la presión y el ambiente de aislamiento reinante. No me
imagino más de unas horas aquí, así que pienso acabar con esto
cuanto antes.
El
prisionero nos está esperando, me sorprende las pintas que lleva,
una camiseta de tirantes con el mono vuelto para ir enseñando
músculo y tatuajes. Aún lleva la venda de las heridas que le
hicieron la otra noche. Ya que estamos donde estamos prefiero no
hacer caso al protocolo y empezar ya. Entro en la sala solo, es una
estancia pequeña y pulcra de paredes metálicas con una mesa en
mitad y un par de sillas, el prisionero está apoyado sobre los
codos, su gesto es despreocupado, como si estuviera pensando en otra
cosa. No parece rebasar el metro noventa, pero el volumen de sus
músculos es apabullante. Tiene una cara muy marcada, con mandíbulas
anchas, y nariz ganchuda coronada por dos cálidos ojos marrones y un
pelo castaño cobrizo que tiene pinta de haber sido rapado.
-Bounjour,
monseiur Dubois. ¿Qué tal se encuentra?
-Très
bien agente, tengo cama y tres comidas fijas al día, estoy mejor que
antes, ¡incluso me han curado la herida! ¿Qué más se puede
pedir?-su tono es agradable e incluso amistoso, está claro que este
no es el típico matón musculoso, me temo hay un cerebro en esa
cabeza, decido ser directo. Apago la grabadora.
-¿Qué
ocurre? ¿No le proporcionaban eso en el pisito de soltero de los
Thomsen?