viernes, 12 de julio de 2013

Nº18 Pandilleros de guante blanco

En alguna obra de Baff City, hora desconocida.

El ambiente comienza a cargarse, se escuchan gritos y conatos de órdenes entremezclados con el pavoneo de los miembros de los dos pequeños ejércitos que han elegido una obra, cuyo avance se encuentra estancado, para disputarse su batalla particular.

Los hay de todas las nacionalidades, no luchan por nada en concreto, es instinto de supervivencia, no son soldados, tampoco animales, solo hombres y mujeres sin nada que perder. Su armamento es rudimentario, herramientas que han conseguido sacar de sus fábricas, talleres y obras: martillos, palancas, palas, puntales e incluso algún que otro cuchillo.

En la ciudad la gente que no forma parte de la mafia o los verdaderos criminales ha aprendido a desenvolverse por bandas, organizaciones casi familiares temerosas del verdadero gobierno de sus respectivas islas: las familias. Cuando hay amenaza por parte de otros hacia sus puestos de trabajo o hacia el escueto bienestar que son capaces de rascar, las bandas se organizan y de una forma más o menos directa, protegen lo que es suyo, el barullo y la frecuencia es tal que hay demasiados rastros para seguir y las investigaciones se colapsan: pandilleros de guante blanco los llaman algunos. Los que sobreviven al juego de las calles y tienen ambición suficiente, prueban suerte en ligas mayores.

En esta ocasión, un grupo de desplazados se ha topado con unos anfitriones que no están dispuestos a dar ni un trozo de lo que consideran es "su" territorio. El semiconstruido edificio está rebosante de andamios, forjados y lugares donde encontrar más de una sorpresa.

Los dos bandos se detienen uno frente al otro. Las respiraciones se entrecortan, las miradas de odio se cruzan con otras de miedo o de ansiedad. El impasse parece desembocar en un momento de negociación entre las bandas, pero en lugar de eso un grito se alza sobre el silencio y desde ambos lados se carga, rompiendo la calma reinante e iniciando la obertura de los golpes.

El choque es caótico, más que una pelea, la escena parece como si dos animales salvajes se peleasen por un filete. Nadie en los dos bandos ha sido educado en la violencia, apenas son capaces de manejar sus rudimentarias armas para descargar un golpe efectivo. En medio de la turba comienzan a brotar las primeras gotas de sangre, seguidas del crujir de los primeros huesos rotos, quebrados eso si por golpes perdidos en medio del gentío.

La pelea comienza a prolongar, los más débiles han empezado a caer al suelo e intentan escabullirse para no ser aplastados. Conforme más minutos transcurren, más pesa el cansancio y más combatientes caen. Al final el tiempo mata la pelea, y los bandos comienzan a retirarse, sin un ganador claro, no será la última vez que se vean.

Conforme se disipan los ecos de la batalla llegan los gritos de las sirenas de policía, más raudos que de costumbre. Todos se afanan en abandonar el lugar, todo se mezcla, el edificio ofrece múltiples salidas, pero alguien les ha tendido una trampa, alguien ha llamado antes a la policía, o tal vez se había filtrado la noticia de la pelea. Los rezagados se mueven cargando con sus heridos, pero es imposible que alguien no quede atrás ya que el miedo a no sobrevivir a las vicisitudes de las calles de Baff City solo es comparable al de ingresar en las celdas de su prisión.

La policía no desaprovecha su ventaja. Apenas llegan unos cuantos a escapar antes de que el cerco se complete. Los que no lo consiguen adoptan aptitudes dispares, algunos deciden luchar y reciben el castigo de las balas, otros simplemente se rinden y suplican, pero la hora de la piedad ya pasó.

Los arrestos se suceden y comienzan a desfilar los pandilleros, la derrota es total y no ha distinguido de bando. En la oscuridad, entre tanto policía uniformado se distinguen dos hombres de paisano, uno más alto y mayor, de rostro desgastado por una vida de duras aventuras policías y de un pelo rojizo que ha comenzado a tornarse blanco. El otro, de altura escasa pero forma inigualable y semblante más enérgico, viste más desarreglado que su compañero y se permite mostrar su sonrisa que, en medio de la oscuridad de la calle, es como si alguien hubiera encendido una luz en mitad de una cueva.

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