En alguna obra de Baff
City, hora desconocida.
El
ambiente comienza a cargarse, se escuchan gritos y conatos de órdenes
entremezclados con el pavoneo de los miembros de los dos pequeños
ejércitos que han elegido una obra, cuyo avance se encuentra
estancado, para disputarse su batalla particular.
Los
hay de todas las nacionalidades, no luchan por nada en concreto, es
instinto de supervivencia, no son soldados, tampoco animales, solo
hombres y mujeres sin nada que perder. Su armamento es rudimentario,
herramientas que han conseguido sacar de sus fábricas, talleres y
obras: martillos, palancas, palas, puntales e incluso algún que otro
cuchillo.
En la
ciudad la gente que no forma parte de la mafia o los
verdaderos criminales ha aprendido a desenvolverse por bandas,
organizaciones casi familiares temerosas del verdadero gobierno de
sus respectivas islas: las familias. Cuando hay amenaza por parte de
otros hacia sus puestos de trabajo o hacia el escueto bienestar que
son capaces de rascar, las bandas se organizan y de una forma más o
menos directa, protegen lo que es suyo, el barullo y la frecuencia es
tal que hay demasiados rastros para seguir y las investigaciones se
colapsan: pandilleros de guante blanco los llaman algunos. Los que
sobreviven al juego de las calles y tienen ambición suficiente,
prueban suerte en ligas mayores.
En
esta ocasión, un grupo de desplazados se ha topado con unos
anfitriones que no están dispuestos a dar ni un trozo de lo que
consideran es "su" territorio. El semiconstruido edificio
está rebosante de andamios, forjados y lugares donde encontrar más
de una sorpresa.
Los
dos bandos se detienen uno frente al otro. Las respiraciones se
entrecortan, las miradas de odio se cruzan con otras de miedo o de
ansiedad. El impasse parece desembocar en un momento de negociación
entre las bandas, pero en lugar de eso un grito se alza sobre el
silencio y desde ambos lados se carga, rompiendo la calma reinante e
iniciando la obertura de los golpes.
El
choque es caótico, más que una pelea, la escena parece como si dos
animales salvajes se peleasen por un filete. Nadie en los dos bandos
ha sido educado en la violencia, apenas son capaces de manejar sus
rudimentarias armas para descargar un golpe efectivo. En medio de la
turba comienzan a brotar las primeras gotas de sangre, seguidas del
crujir de los primeros huesos rotos, quebrados eso si por golpes
perdidos en medio del gentío.
La
pelea comienza a prolongar, los más débiles han empezado a caer al
suelo e intentan escabullirse para no ser aplastados. Conforme más
minutos transcurren, más pesa el cansancio y más combatientes caen.
Al final el tiempo mata la pelea, y los bandos comienzan a retirarse,
sin un ganador claro, no será la última vez que se vean.
Conforme
se disipan los ecos de la batalla llegan los gritos de las sirenas de
policía, más raudos que de costumbre. Todos se afanan en abandonar
el lugar, todo se mezcla, el edificio ofrece múltiples salidas, pero
alguien les ha tendido una trampa, alguien ha llamado antes a la
policía, o tal vez se había filtrado la noticia de la pelea. Los
rezagados se mueven cargando con sus heridos, pero es imposible que
alguien no quede atrás ya que el miedo a no sobrevivir a las
vicisitudes de las calles de Baff City solo es comparable al de
ingresar en las celdas de su prisión.
La
policía no desaprovecha su ventaja. Apenas llegan unos cuantos a
escapar antes de que el cerco se complete. Los que no lo consiguen
adoptan aptitudes dispares, algunos deciden luchar y reciben el
castigo de las balas, otros simplemente se rinden y suplican, pero la
hora de la piedad ya pasó.
Los
arrestos se suceden y comienzan a desfilar los pandilleros, la
derrota es total y no ha distinguido de bando. En la oscuridad, entre
tanto policía uniformado se distinguen dos hombres de paisano, uno
más alto y mayor, de rostro desgastado por una vida de duras
aventuras policías y de un pelo rojizo que ha comenzado a tornarse
blanco. El otro, de altura escasa pero forma inigualable y semblante
más enérgico, viste más desarreglado que su compañero y se
permite mostrar su sonrisa que, en medio de la oscuridad de la calle,
es como si alguien hubiera encendido una luz en mitad de una cueva.

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