Especial: Homenaje a las víctimas del accidente de Santiago

Recuerdo la primera vez que la palabra muerte pasó por mis oídos, por supuesto yo era muy pequeño y me tuvieron que responder varias preguntas, entre ellas qué pasa con el mundo cuando alguien se va. Mis padres dudaron mucho a la hora de darme una respuesta y decidieron que nadie era capaz de responder eso, que el mundo era demasiado amplio y que había demasiada gente para que pasase una única cosa. Sin embargo ya entonces, exigía una respuesta a todo, y si nadie podía responderme, me respondería yo mismo, y así fue como decidí que cuando un corazón se apaga, el mundo enferma un poco más. A día de hoy nada ni nadie me ha demostrado que estuviese equivocado y mantengo ese pensamiento en mi cabeza cada vez que una tragedia ocurre, pierdo a alguien o el miedo a la muerte llama a mi puerta. La promesa de que habrá un antes y un después de mi muerte o de la de los demás, por muy insignificante que pueda llegar a ser, me reconforta en esos momentos.

Hoy tengo un viaje. Mitad placer, mitad negocios. He decidido coger el tren, quizás es porque me siento nostálgico y los viajes así me curan el alma, en cualquier caso es más barato. Para llegar la estación cojo un taxi que me cuesta casi lo mismo que el billete de tren. Es un día gris pero no lluvioso, una de esas mañanas en las que el verdor de los árboles contrasta más que nunca. La estación está bastante viva como es natural en esta ciudad, los cercanías le dan vida, también los mendigos en las esquinas y los negocios colindantes.

Atravieso la marea de gente que aparece desde todas direcciones y me dirijo al andén con paso firme. Aunque me sobra tiempo soy de los que llegan pronto y disfruta de la espera, sin embargo a cinco minutos de la hora fijada para su salida, el tren todavía no ha llegado. No hago más que fijarme en mi reloj de pulsera y en el gran panel digital situado en el centro de la estación, no hay error posible, el tren no llega y la hora de salida ya es desconocida. Lo peor de todo es que parece ser que soy el único esperando para el misterioso tren.

Por fin después de veinte minutos se comienza a escuchar el rumor de una máquina que se aproxima a lo lejos. Me pongo en pie y arrastro la maleta ilusionado por poder emprender por fin mi viaje y entonces veo la enorme máquina, un tren de chapa y cristales negros de una extensión terrorífica. Miro a un lado y a otro, sigue sin haber nadie, al volver a mirar al frente la oscura puerta se abre y entro en el vagón, una estancia bien iluminada e inusitadamente pulcra. Los asientos son bien amplios y hechos de un cuero de primera calidad, dejo la maleta en el cajetín y comienzo a inspeccionar el vagón, que se extiende en un pasillo estrecho con una moqueta burdeos en el suelo, no estoy en primera clase pero ya se nota que es un tren lujoso. Paso la mano por los asientos mientras paseo eso si, a solas.

-¿Hay alguien? ¿Revisor?- no hay respuesta, tampoco la puerta a permanecido abierta después de mi entrada. No se si sentarme o seguir paseando.

El bamboleo del tren arrancando me saca de mis pensamientos y tengo que agarrarme de manera atropellada a uno de los asientos para no terminar en el suelo, pero no cejo en mi curiosidad y decido ver si puedo acceder a los demás vagones. Me planto en la compuerta que da al siguiente vagón con la idea de encontrar alguna forma de desbloquear la puerta, pero esta se abre sola y me encuentro con un nuevo vagón igual de desierto que el anterior. Empiezo a pensar que estoy en un programa de cámara oculta, alguna clase de experimento o broma macabra.

Angustiado, atravieso la estancia mucho más rapidamente, por lo que soy capaz de entrever, el sitio es igual de lujoso que el anterior. El tren continua su marcha y, al igual que yo, aumenta su velocidad progresivamente.

Vagón tras vagón continuo mi marcha hacia la sala de máquinas y vagón tras vagón la escena se repite, cada vez más rápida que la anterior, hasta que finalmente aparece ante mi una compuerta más grande que las demás, permanezco frente a ella un tiempo relajando el ritmo de mi respiración y preparándome para la situación que pudiera avecinarse.

Con paso lento pero firme entro en la sala, la compuerta se abre sin problemas y veo en el centro una figura alta y curvada de un maquinista ya anciano que no hace ningún aspamiento pese a que mi entrada no es para nada silenciosa.

-Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo?- sin girarse para el saludo, su voz llega en un tono elevado pero amable.

-Perdone que le moleste señor pero he visto los demás vagones totalmente vacíos, ni un revisor, ni un pasajero, nadie, excepto yo, claro está. Eso unido al retraso, a que tampoco había nadie esperando es como poco sorprendente, ¿no?

-Será que nadie más quiso coger este tren, ¿no?- el maquinista continuaba inmóvil, creo que se está riendo de mi, pero no hay nadie más con quien hablar así que debo ser paciente si quiero sacar algo de esto. A fin de cuentas ya no puedo salir del tren hasta dentro de unas horas.

-Verá señor, salta a la vista que yo no tengo tanta experiencia en los trenes como usted, así que me preguntaba si eso es muy frecuente.

El anciano hace varios aspamientos que interpreto como una carcajada sorda.

-Si, es algo muy frecuente cuando el tren llega a su destino.

-Entonces, ¿es que hemos llegado a nuestro destino? ¿En pleno movimiento?

-Eso parece.

Cada vez me cuesta más disimular mi nerviosismo, no se si me estoy acercando a lo que quiero saber o estoy más lejos que nunca, en cualquier caso tengo que mantenerme firme.

-Entonces, ¿a dónde se dirige, o mejor dicho, dirigía este tren?

-Es usted un hombre de muchas preguntas, y además la mayoría absurdas, si me permite el comentario, le aconsejo no preguntar tanto y observar más, ya que las preguntas solo son un atajo al saber y los atajos se acaban o no siempre compensan. Sin embargo, al ser mi única compañía en el día de hoy le responderé. Hemos llegado a nuestro destino porque nuestro destino es ninguna parte. ¿Lo entiende?

Su comentario es inconfundible, al margen de la maleducada crítica, no he conseguido nada, solo más confusión. Decido abandonar la sala y volver a mi vagón, quizás allí podría pensar algo, a fin de cuentas tengo tiempo de sobra, como de costumbre, para esperar.

Al salir ya no estoy solo, hay sombras en el vagón, sombras sentadas, sombras de pie, sombras que hablan entre si. Las hay altas y bajas, con forma de hombre, mujer, niño y niña. Ninguna emite sonido alguno, ninguna repara en mi presencia. Estoy atemorizado, durante minutos permanezco hierático mientras contemplo a esas sombras, oscuras como la noche, disfrutar de su viaje particular. Una gota de sudor frío resbala por mi frente hacia la mejilla. Ahora soy más cosciente de mi respiración y del latido de mi corazón.

Comienzo a andar, nadie sale a mi paso. Estoy solo, estoy solo, pero las sombras siguen ahí. Con cada paso que doy se apaga una luz a mis espaldas, pero tengo miedo de parar y darme la vuelta. Sigo caminado, y atravesando los vagones, por donde paso no queda la luz. Miro a los pasajeros espectrales, casi sin saberlo voy contándolos, veo lo que parece ser una familia abrazada a un lado, una pareja besándose al otro, debo continuar.

Llego al último vagón, habré contado unas ochenta sombras. Ya no queda nada, solo oscuridad, reuno valor y me giro. Contemplo el muro negro e intangible que mi avance a colocado ante mi. Quiero preguntar, quiero darme una respuesta, pero no hay nada. De pronto el tren vuelve a agitarse, cada vez con velocidad mayor, busco algo a lo que aferrarme pero todo se ha borrado: el lujo, los asientos... Solo estamos el muro y yo. Hinco mis rodillas en el suelo, mis oídos pitan y ensordecen mis pensamientos, cierro los ojos, respiro hondo y espero el fin. Siento cómo la velocidad aumenta, siento la vibración de la vía dentro de mi piel, centro mi pensamiento en la respiración y así, el tren se levanta con un movimiento de violencia y comienza a dar vueltas de campana. Me entrego a la oscuridad que me absorbe con el primer golpe de la colosal máquina, apenas siento nada...

La bocina del tren abre los ojos y me veo en su puerta, bajándome con mi maleta, no noto ninguna herida. Tengo mil dudas, pero una certeza, tras ese tren el mundo enfermó ochenta veces, y al pensarlo caigo al suelo y me corrijo, ochenta y una...


DEP

2 comentarios:

  1. El final ha sido muy bueno tio, yo solo pensaba en como adaptarlo en mi cabeza jajajja! De verdad me ha gustado, básicamente porque has conseguido engancharme, y hacerme querer leer hasta el final, lo que más me ha e mejgustado ha sido esa referencia al principio del relato del mundo que enferma y la sensación de agobio cuando lo del muro, muy bueno, sigue así. Si tuviera que mejorar algo, siendo muy quisquilloso alguna frase un poco sobrecargada, y esto; "Vagón tras vagón continuo mi marcha a hacia la sala de máquinas..." Creo que sería solo "Vagón tras vagón continuo mi marcha hacia la sala de máquinas..."

    Perfe (;

    ResponderEliminar
  2. Muchísimas gracias por leer y comentar, me alegro de que lo hayas disfrutado y se agradece la crítica. Corregido el gazapo de la sala de máquinas,muchas gracias :D

    Un saludo.

    ResponderEliminar

Licencia de Creative Commons
Baff City by David Fernández Gabarre and Nicolás de Troya Hernando is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://baffcity.blogspot.com.es/.