jueves, 21 de marzo de 2013

Nº4 Que en la vida todo es sueño

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


Pedro Calderón de la Barca.

En casa de nuevo. El barrio como siempre, lleno de vida, niños jugando despreocupados, alguno que otro huyendo de las riñas de sus madres... Y yo en casa, hace tan solo unos segundos parecía que gritaban mi nombre, que querían avisarme de algo a tiros, que me arrancaban las raíces de mi vida.

Mi mujer espera en el porche, inerte expresión en su mirada, esos ojos petrificadores ya no son para mi, nunca lo volverán a ser, y no la culpo. El chico juega con sus juguetes en el césped, es demasiado pequeño para comprender nada, le basta con una sonrisa para terminar con cualquier tema, solo tiene cinco años.

Ella viene a despedirme, él se refugia tras su figura.

-Buena suerte teniente Byrne- intenta ocultar su desánimo, el tiempo curará mi recuerdo; mi mano acaricia su suave rostro, su tersa piel, casi etérea, casi inmortal, y una lágrima se desliza hasta alojarse en mi mano, un último regalo- vuelve, y hazlo vivo, te amo Shawn.

No hay palabra que responder, ninguna sería digna, mis labios se aproximan y se funden con los suyos, mil sabores impregnan mis labios, una sensación de invulnerabilidad baja por mi garganta y mi corazón explota. No hay más lágrimas suyas, ella es un diamante y no hay nada tan duro como un diamante, es lo que le toca ser,  hasta que el tiempo pase.

El pequeño llora, no puede contener las lágrimas:

-¿Irás a por los malos? ¡No vayas a por los malos!

-Hijo mío, si lloras, los malos habrán ganado- alentadoras palabras para un niño, me consuela saber que aún le queda mucho para que se de cuenta de que hay muchas clases de malos y yo puedo llegar a ser de los peores, a veces debo serlo.

Mis brazos rodean al pequeño, que lo suelta todo, y lo alzo para unir a su madre al abrazo y fundirnos los tres para siempre y nunca más, mis ojos se cierran, que mis demás sentidos hagan el resto.

Abro los ojos. Sólo un sueño, de nuevo en casa, de nuevo en Baff City. La habitación del hospital está desierta, se nota que eligieron la más discreta, apenas una ventana que no parece dar a ninguna calle importante, una escasa superficie y los colores más sobrios posibles. Electrodos por todo mi cuerpo, una ardiente cicatriz en forma de bala en el pecho y el armónico pitido de mis pulsaciones que son eclipsados por el sonido de la puerta al abrirse.

-¡Buenos días señor! Sargento Joseph Blunt, bienvenido a Baff City.

-Chico, el último que me dijo eso me pegó un tiro, creo que tienes otras cosas más interesantes que contarme.

Es solo un crío, me jugaría lo que fuera a que no llega a los veinticinco...¿Y ya es sargento? No sé si será un maldito genio o es que rellenaron el escalafón con los niños que tenían a mano.

-Verá señor, el que le disparó no dejó huella y no tenemos ningún testimonio fiable, por el calibre de la bala y la impunidad con la que efectuó el disparo es obvio que esto se trataba de un aviso, es todo lo que tenemos, pero con todo el respeto, no me explico cómo ha conseguido un enemigo tan... ¿Directo? Sin llegar si quiera a pisar la ciudad.

-¿Cómo vamos de mafias?

El chico dibuja una extraña expresión en su rostro, como si le hubiera pedido la solución de una ecuación imposible.

-¿Quiere que le sea sincero?

El silencio y mi expresión responden la pregunta. Intento recordar al asesino, tal vez llevaba gabardina, ¡joder! tan solo el sueño aparece en mi cabeza, es una manera de mantenerlos conmigo, pero ahora no, por favor... El chico no aparta su mirada.

-Sería lo ideal, sargento Blunt.

-Pues entonces pida el alta cuanto antes, le daré un paseo.

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