lunes, 26 de agosto de 2013

Nº23 Ascensión

El submarino sube tomándose su tiempo, un segundo más en ese infierno acuático y me hubiera arrancado la piel. He tenido ocasión de poder entrevistarme con un médico de la prisión que tuvo la deferencia de explicarme el largo proceso de adaptación al que los presos se someten a partir de su llegada. Síntomas como desvaríos, hemorragias, pérdida de la noción del tiempo, pérdida del apetito y el sueño eran solo la cabecera de la larga lista que me dio el doctor. Al final la conclusión era que solo sobrevivían los que eran capaces de asumir que no estaban en ninguna parte. La situación era tal que se había pillado a varios presos traficando con vitamina C, de locos... Pero él... Él solo llevaba unos días y estaba sereno, estaba fuerte y no diría un gran disparate si dijese que no estaba lejos de ser feliz. Todavía no sé en qué punto terminaba la fuerza y en cuál empezaba la locura del señor Dubois.

Me quedo mirando a Blunt, sentado a mi lado, tan avispado como siempre, seguro que tiene mil cosas que decir, una auténtica cadena de ocurrencias que soltarme, pero está callado y no le culpo, hace menos de un año yo era un policía temido igualmente por compañeros y criminales. Ahora parezco el compañero novato de un sargento que era un crío cuando yo ya tenía su rango. Quizás sepa que a veces necesito mi tiempo de meditación para asimilarlo y hacer cábalas que puedan cambiar la situación. Nunca antes se había atrapado a dos pandillas prácticamente al completo y que "el forzudo" estuviera en una de ellas nos reporta tanto Joseph como a mi más prestigio. Sin embargo aún me siento como si no me hubieran sacado la bala de mi primer día en esta ciudad.

En cuanto a las pandillas fue fácil, si intentan funcionar como cofradías de criminales deberían aprender a ser selectivos en cuanto a los rumores que corren. Simplemente llegó el soplo a la comisaría y el resto fue solo tirar de galones y organizar el operativo.

De repente Blunt decide caer en la cuenta de que le estoy observando y me dedica una sonrisa en la que aún dejaba ver ciertos rasgos infantiles.

-¿No te habrás dejado nada, verdad?-

Pero mi cabeza vuelve a esa sala de interrogatorios. Carl Dubois había torturado a suficiente gente como para poder hundir a más de algún pez gordo, pero lo único que ha conseguido hoy es que me sienta frustrado con lo mucho que he estado ahí y lo poco que he sido capaz de sacarle. Los interrogatorios ha este nivel no son una práctica apta para estómagos sensibles, y menos una vez que las cámaras y las grabadoras se apagan.

Dos horas, dos horas de preguntas, puñetazos, cigarrillos en lugares poco vistosos y más preguntas. Pero él aguantó todo lo que le eché casi sin cambiar el gesto amable con el que me recibió. Lo aguantó todo.

Al final, justo antes de que me fuera se limitó a repetirme el apellido que ya conozco, "Thomsen", seguido de un "sigue al alcalde" que me frustró aún más.

Cuando salimos a la superficie el día continúa despejado, veo un gran pájaro negro volando por encima de nuestras cabezas, si quiero sacarme la bala de una vez por todas tengo que continuar la ascensión, así que tendremos que seguir al alcalde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Licencia de Creative Commons
Baff City by David Fernández Gabarre and Nicolás de Troya Hernando is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://baffcity.blogspot.com.es/.