El submarino sube
tomándose su tiempo, un segundo más en ese infierno acuático y me
hubiera arrancado la piel. He tenido ocasión de poder entrevistarme
con un médico de la prisión que tuvo la deferencia de explicarme el
largo proceso de adaptación al que los presos se someten a partir
de su llegada. Síntomas como desvaríos, hemorragias, pérdida de la
noción del tiempo, pérdida del apetito y el sueño eran solo la
cabecera de la larga lista que me dio el doctor. Al final la
conclusión era que solo sobrevivían los que eran capaces de asumir
que no estaban en ninguna parte. La situación era tal que se había
pillado a varios presos traficando con vitamina C, de locos... Pero
él... Él solo llevaba unos días y estaba sereno, estaba fuerte y
no diría un gran disparate si dijese que no estaba lejos de ser
feliz. Todavía no sé en qué punto terminaba la fuerza y en cuál
empezaba la locura del señor Dubois.
Me quedo mirando a Blunt,
sentado a mi lado, tan avispado como siempre, seguro que tiene mil
cosas que decir, una auténtica cadena de ocurrencias que soltarme,
pero está callado y no le culpo, hace menos de un año yo era un
policía temido igualmente por compañeros y criminales. Ahora
parezco el compañero novato de un sargento que era un crío cuando
yo ya tenía su rango. Quizás sepa que a veces necesito mi tiempo de
meditación para asimilarlo y hacer cábalas que puedan cambiar la
situación. Nunca antes se había atrapado a dos pandillas
prácticamente al completo y que "el forzudo" estuviera en
una de ellas nos reporta tanto Joseph como a mi más prestigio. Sin
embargo aún me siento como si no me hubieran sacado la bala de mi
primer día en esta ciudad.
En cuanto a las pandillas
fue fácil, si intentan funcionar como cofradías de criminales
deberían aprender a ser selectivos en cuanto a los rumores que
corren. Simplemente llegó el soplo a la comisaría y el resto fue
solo tirar de galones y organizar el operativo.
De repente Blunt decide
caer en la cuenta de que le estoy observando y me dedica una sonrisa
en la que aún dejaba ver ciertos rasgos infantiles.
-¿No te habrás dejado
nada, verdad?-
Pero mi cabeza vuelve a
esa sala de interrogatorios. Carl Dubois había torturado a
suficiente gente como para poder hundir a más de algún pez gordo,
pero lo único que ha conseguido hoy es que me sienta frustrado con
lo mucho que he estado ahí y lo poco que he sido capaz de sacarle.
Los interrogatorios ha este nivel no son una práctica apta para
estómagos sensibles, y menos una vez que las cámaras y las
grabadoras se apagan.
Dos horas, dos horas de
preguntas, puñetazos, cigarrillos en lugares poco vistosos y más
preguntas. Pero él aguantó todo lo que le eché casi sin cambiar el
gesto amable con el que me recibió. Lo aguantó todo.
Al final, justo antes de
que me fuera se limitó a repetirme el apellido que ya conozco,
"Thomsen", seguido de un "sigue al alcalde" que
me frustró aún más.
Cuando salimos a la
superficie el día continúa despejado, veo un gran pájaro negro
volando por encima de nuestras cabezas, si quiero sacarme la bala de
una vez por todas tengo que continuar la ascensión, así que
tendremos que seguir al alcalde.

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