viernes, 9 de agosto de 2013

Nº21 Papá, ¿a dónde van los malos?

Recuerdo cuando era un crío y jugaba con mis amigos a policías y ladrones por el barrio. Recuerdo que yo siempre insistía en ser el policía y recuerdo también las ganas que tenía de ser mayor para poder arrestar a los malvados e impartir justicia por el mundo, y todo esto a raíz de la pregunta que le hice a mi padre un día que me llevó al cine:

-Papá, ¿a dónde van los malos?

No se qué tipo de curiosidad latiría en mi interior para hacerle esa pregunta, tal vez proviniese de la película que acabábamos de ver, un film de acción en el que el villano terminaba en un coche patrulla. Mi padre era un hombre de grandes palabras, incluso para dar lecciones a un niño pequeño. Se preparó la voz con una tos velada y arrancó:

-Verás hijo, hay lugares donde se reunen todos los malos de un lugar determinado y son vigilados hasta que cumplen su castigo. Hay muchos lugares como ese alrededor del mundo.

-¿Y cómo se llaman esos sitios?

-Cárceles, si eres bueno nunca tendrás que ir a una.

En ese instante decidí dedicar mi vida a llevar a los asesinos, los corruptos y en definitiva, cualquier malvado a su redil. Pero no se si he debido ser muy bueno porque ahora estoy de camino a una prisión, aunque por fortuna solo voy de visita.

-A tu edad habrás visto unas cuantas cárceles, ¿verdad Byrne?- con el paso de los días me he ido acomodando a la irrespetuosa actitud de Blunt, incluso he llegado a encontrarle carismático a su extraña manera.

-He visto unas cuantas si- la verdad es que nunca he sido un especialista en cárceles, siempre he sido más de limpiar la calle e investigar papeleo. Tal vez me dejo ver en algún que otro interrogatorio, pero este tipo de trato no es mi rol- aunque creo que tú no has visto tantas como yo.

-¿Qué más da el número de cárceles que haya visto si tú nunca has visto una como esta?- Joe me regala una de sus sonrisitas pícaras mientras aminora la velocidad del coche hasta detenerlo en el embarcadero de la isla central- ¿Alguna vez has ido a una cárcel en submarino?

El centro penitenciario de Baff City, una maravilla de la ingeniería moderna, construida bajo el mar, entre la colosal infraestructura que soporta el peso de las islas artificiales de la ciudad; es un durísimo centro para cualquiera que tiene la mala suerte de ir allí. La aclimatación a las condiciones submarinas puede llegar a ser un infierno y no son pocos los presos que han caído entre sus paredes, ahorrando al Estado unas cuantas penas de muerte. La disposición de la cárcel agrupa a los criminales con delitos menores o de peligrosidad reducida en los niveles más cercanos a la superficie, mientras que los más peligrosos se pudren lo más hondo posible. Como los pabellones están incomunicados los unos de los otros y para moverse entre ellos hacen falta vehículos auxiliares, un motín a gran escala es inviable, por no hablar de las bajas probabilidades que tiene lo que baja allí encadenado de volver a subir, más que una cárcel parece una exposición de darwinismo.

Hace unas noches pillamos a dos pandillas de matones de barrio, bandas formadas por vecinos para defender sus modos de vida, por muy indefendibles que puedan llegar a ser. El caso es que algunos de ellos tenían antecedentes y de los extraños, porque habían estado involucrados en asuntos de envergadura muchísimo mayor y encontrar eso en estos "pandilleros de guante blanco" es como encontrar una aguja en un pajar. Ni que decir tiene que unos renegados del crimen organizado no tenían mucho que hacer una vez cazados y no han tardado más de unos días en empapelarlos.

En concreto venimos visitar a uno que obligó a hacer varios disparos, Carl Dubois, más conocido como "el forzudo", un sicario francés de cuerpo ancho que era conocido por sus interrogatorios, en los que desmembraba a sus víctimas solo con su fuerza. Estuvo unos meses trabajando con la mafia, y Joe cree que puede estar vinculado a los irlandeses, pero los abandonó para dedicarse a la construcción, lo cual hace pensar que las familias están mandando infiltrados para atraer a las pandillas a sus respectivos bandos, no es lo único que he venido a averiguar.

Cada pabellón tiene su propia sala para los interrogatorios, y el señor Dubois se encuentra en el pabellón de máxima seguridad, así que tenemos que descender a las profundidades. Una vez allí, comienzo a notar la presión y el ambiente de aislamiento reinante. No me imagino más de unas horas aquí, así que pienso acabar con esto cuanto antes.

El prisionero nos está esperando, me sorprende las pintas que lleva, una camiseta de tirantes con el mono vuelto para ir enseñando músculo y tatuajes. Aún lleva la venda de las heridas que le hicieron la otra noche. Ya que estamos donde estamos prefiero no hacer caso al protocolo y empezar ya. Entro en la sala solo, es una estancia pequeña y pulcra de paredes metálicas con una mesa en mitad y un par de sillas, el prisionero está apoyado sobre los codos, su gesto es despreocupado, como si estuviera pensando en otra cosa. No parece rebasar el metro noventa, pero el volumen de sus músculos es apabullante. Tiene una cara muy marcada, con mandíbulas anchas, y nariz ganchuda coronada por dos cálidos ojos marrones y un pelo castaño cobrizo que tiene pinta de haber sido rapado.

-Bounjour, monseiur Dubois. ¿Qué tal se encuentra?

-Très bien agente, tengo cama y tres comidas fijas al día, estoy mejor que antes, ¡incluso me han curado la herida! ¿Qué más se puede pedir?-su tono es agradable e incluso amistoso, está claro que este no es el típico matón musculoso, me temo hay un cerebro en esa cabeza, decido ser directo. Apago la grabadora.

-¿Qué ocurre? ¿No le proporcionaban eso en el pisito de soltero de los Thomsen?

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