El batir de las aspas de un helicóptero contamina el silencio de una noche por lo demás tranquila. Esta noche nadie trabaja e incluso se le ha dado un descanso a las cámaras. A excepción de esto, los embarcaderos de la ciudad carecen importancia para todos. En la oscuridad un espectro permanece de pie, e impávido entre las tinieblas aguarda el aterrizaje.
El vehículo no es pequeño en absoluto, es un modelo militar VTOL de transporte, uno de los orgullos del ejército estadounidense, y viene hasta arriba, pero sus ocupantes no se cuadran ante las barras y las estrellas, sino ante la hoz y el martillo o la estrella roja, y su saludo es un puño en alto. Y es precisamente un martillo lo que aparece en las compuertas de la aeronave, silenciosa en el aterrizaje por su sistema de funcionamiento hidrocinético.
Del helicóptero bajan trece hombres vestidos con ropa de seguratas y alguno que otro manchado de sangre. El espectro no se ha inmutado, ataviado con un largo abrigo con capucha, no se aprecia ningún rastro de humanidad en la sombra. Cuando llegan a su encuentro los trece del helicóptero todos alzan el puño, y ninguno muestra una mirada más altiva que el otro, solo hay disciplina en sus respectivos semblantes, son los hombres del martillo que hace apenas unas horas volaron por los aires el Vanguardia, matándo a los de seguridad e incriminándolos poniéndoles sus ropas de cocineros
Inalterable en su frialdad, el espectro comienza a liberarse de ese abrigo, deslizándolo con parsimonia hasta dejarlo caer en el suelo y haciendo que las tinieblas se conviertan en una esbelta mujer, espigada y en forma, aún de negro con una ceñida camiseta de tirantes y un pantalón de corte militar, resalta su blanca piel y su pelo platino, que la harían adorable si no fuera por su mirada forjada por dos ojos azules y fríos como el acero de la espada japonesa que lleva colgada de la cintura. En el brazo derecho lleva un tatuaje que junto a su cortante semblante le dan nombre: "La hoz", aunque en otro tiempo era conocida con el ya desusado apodo de "la pequeña Emma Bellamy". El eco de esas palabras basta a cualquier hombre para que cese su lujuria y muestre su miedo.
A su espalda aparece otra figura, menos esbelta y más redondeada, de un hombre ya entrado en sus cuarenta y cuatro años, pero con la misma mirada de acero y capaz de hacer cuadrarse no solo a los trece aún intimidados, sino también al espectro de hielo que tiene a su lado. Vestido todavía con una mojada chaquetilla de cocinero, Albert Bellamy entona con voz profunda:
-Bien señores, buen trabajo en el barco. Veréis, en esta ciudad tenemos un importante filón que explotar, estamos en el paraíso de la decadencia y el materialismo, pero vamos a remediarlo poco a poco. Nuestro primer objetivo pasa por la isla de los brasileños; el magnate Oliveira se trajo consigo a algunas de las milicias más salvajes de las favelas para infiltrarlos como trabajadores y tenerlos listos en caso de revueltas, allí serán la ley cuando Oliveira quiera. El caso es que estas milicias tienen escondido un arsenal de primera y mueven unos cuantos millones con su tráfico y en cierto modo nos toca a nosotros golpear el nido de avispas, ya os daré instrucciones. Por lo pronto mañana apareceré en los medios jurando venganza por todo esto, aunque las sospechas por haber sido el único superviviente me tendrán ajetreado con la policía en lo que los millonetis de esta ciudad mueven sus hilos y me suplican que me meta en sus fogones. Hasta entonces estableceos, mi hija y yo os hemos preparado alojamiento...
-Padre no...- "La hoz" comienza a hablar para corregir a su padre, no le gusta que se muestre el parentesco, pero la mirada del chef la dejan compungida.
-Muy bien, caballeros: ¡pueblo, honor...
-REVOLUCIÓN!

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